El cuerpo no avisa eternamente

El comienzo

Cuando me diagnosticaron esclerosis múltiple supe que mi cuerpo se había cansado de darme avisos. Debido a mi bagaje anterior era consciente de esas llamadas de atención, pero siempre posponía diciéndome que cambiaría cosas cuando consiguiera X o Y.

Después de unos 6 o 7 meses de fuerte estrés por sobrecarga de trabajo, llegando agotada a casa tras 3 horas de desplazamientos y queriendo dar el 100% allí también, el cuerpo dijo “BASTA”. Yo no era consciente de lo que estaba cargando porque lo llevaba feliz. Entonces comencé a notar cómo partes de mi cuerpo se acartonaban y perdían toda sensibilidad. Al principio no le di demasiada importancia pero la intensidad fue aumentando y empecé a preocuparme, aunque sin hacer demasiado ruido para no asustar a mi entorno. En ese momento comprendí que había tenido demasiadas oportunidades de cambio y no había escuchado. Curiosamente tuve que dejar de sentir y desconectarme de lo físico, para sentir y reconectarme con lo emocional.

A pesar de haber estado en el mismo trabajo, bien remunerado y con una parte que me gustaba durante muchos años, me encontraba fuera de lugar. El entorno y yo no eramos afines en muchos sentidos y aunque el trato con la gente era bueno, lo anterior acababa creando un conflicto interior. Para mí, el tiempo con mi hija y hacer cosas con las que me sintiera plena era mucho más importante que el dinero que ganaba o el trabajo que hacía en ese momento.

Mi alerta

Después de unos meses alejada del trabajo, con una buena rutina de ejercicio y siguiendo con mi alimentación saludable, el cuerpo se fue recuperando. Pero mi sorpresa fue que aquello me dejó un dispositivo de alarma, lo que me avisa cada vez que mis niveles de estrés suben o que entro en conflicto. A pesar de haberme repuesto de aquel brote, una parte de mi cuerpo se resiente cuando atravieso momentos de nerviosismo y estrés. Me recuerda lo importante que es cuidarse y sacar de mi vida las cosas que no me gustan. Instalarse en la queja, la critica o el lamento no son opciones así que solo queda seguir adelante prestando atención. Los «malos» momentos seguirán viniendo porque son parte de la vida, pero soy yo quién decide si pueden conmigo o me hacen más fuerte, algo que aunque parezca un tópico, yo considero una realidad.

En mi annus horribilis he tenido continuas muestras de ello. Después de recuperarme del brote, volver al trabajo, otro susto en mi salud, perder un bebé y ser despedida del trabajo, he notado como mi «alarma» me ayudaba a gestionar mis emociones de forma saludable, sin excusas. Quizás parezca una locura pero para mi es un regalo y no puedo dejar de dar las gracias por ello.

Lo triste (o no) es que tuviera que llegar hasta ese punto para tomar decisiones importantes como la de ser mamá de nuevo, pero lo maravilloso es que la vida me sigue brindando oportunidades.

¿Escuchamos las señales?

Son tantas las señales que recibimos de nuestro cuerpo y tan pocas las que escuchamos… ese dolor de espalda que te acompaña desde hace meses, las cervicales continuamente resentidas, los dolores de cabeza, los problemas de estómago… ¿Cuántas personas conoces que se quejan de este tipo de dolencias o similares? Y curiosamente muchos de estos males desaparecen con pequeños cambios en las rutinas alimenticias, con ejercicio físico, en vacaciones o cuando hacemos cosas que nos gustan… ¿Por qué será?

Alguien podrá opinar que esto no viene a cuento en un blog de crianza, pero en realidad pienso que viene muy a cuento. Primero porque esta historia, al igual que el resto del blog, es una parte de mi. Y en segundo lugar porque siento que la maternidad es una oportunidad increíble para reconectar con nuestro cuerpo, sobre todo la etapa del embarazo donde la naturaleza se muestra en su plenitud.

Para mi lo importante es, que ahora más que nunca, estoy dispuesta a mirarme en el espejo que es mi hija, a escuchar  incluso aquello que me disgusta, a hacer cambios y a amar y amarme sin miedo.

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