Cuando tu bebé ya no está

El comienzo

Hace unos días recibí una de las peores noticias de mi vida, mi bebé, el bebé que pensaba estaba creciendo en mi barriga, ya no estaba, sin más.  En la 6ª semana de embarazo comencé a manchar y cuando llegué al hospital, mis sospechas de que algo iba mal se confirmaron. Varios médicos vinieron a mirar la pantalla de la ecografía, no querían confirmar nada pero parecía un embarazo ectópico porque los niveles indicaban que había una gestación y en mi útero no había rastro del saquito, nada, estaba vacío. Había que esperar 48 hora ver cómo evolucionaba. Me marché a casa.

La confirmación ¿Qué ocurre con tus emociones?

Dos días después no había parado de sangrar y se confirmó que había un aborto en curso, mi cuerpo lo estaba expulsando y no se podía ya saber si era realmente un embarazo ectópico o un aborto espontaneo y lo cierto es que a mí en ese punto ya me daba igual. Lo único que sentía era un profundo vacío en mi interior. El personal del hospital me trató con respeto pero, quitando uno de los doctores (curiosamente hombre) que mostró más cercanía emocional, el resto mantuvieron una actitud fría, como si me estuvieran curando un esguince. En ningún momento nadie me habló de cómo afrontarlo. Se limitaron a cuidar de mi cuerpo físico y a explicarme los datos «técnicos», que los abortos espontáneos son algo muy frecuente y que haber pasado por uno no significa que no puedas tener otro embarazo sano. Vale, hasta ahí los datos objetivos pero ¿Qué ocurre con mi yo emocional? Parece que esto es algo que la sanidad no contempla en ese momento, no hay asesoramiento ni seguimiento. Te mandan a casa y sigue con tu vida como si hubieras pasado por un resfriado.

Lidiando con el dolor, la culpa …

Pues bien, me marché a casa con un gran dolor en mi corazón y sabiendo que iba a tener que enfrentarme a un proceso de duelo como nunca antes lo había hecho, no sabía muy bien por dónde empezar pero sabía que no podía ignorarlo. La herida no iba a cerrar sola. Tenía ganas de llorar a todas horas y me lo permití. Lloré, lloré y respiré.

Hasta ese momento no sabía lo cruel que podía ser perder un bebé en el primer trimestre del embarazo. En mi caso se unían varios factores, había llevado un año complicado y habiendo cumplido los cuarenta años sentía que se me escapa mi última oportunidad de ser de nuevo mamá, incluso había una parte de culpa por no haberlo buscado antes, por haberme puesto mil excusas. 

Intenté encontrar la razón, averiguar qué quería la vida mostrarme con esta pérdida pero de momento, no lo he encontrado. He afrontado noticias muy duras confiando en que de ello saldría algo bueno, que era el camino que la vida elegía para mostrarme algo, pero en este caso el dolor es mayor que la enseñanza.

Mi ayuda en el duelo

Me ha ayudado el darme permiso para sentir, estar triste, de mal humor, hablar, tomarme mi tiempo, llorarlo y reflexionar si realmente quería intentarlo de nuevo. Si quería o podía intentarlo de nuevo. Independientemente de lo que me dijeran los demás, de si lo entendían o no. He dado nombre a mi bebé y le he escrito una carta contándole cómo me siento y todas aquellas cosas que necesito expresarle, quizás parezca un gesto simple pero de verdad que he sentido un profundo alivio.

En esta sociedad que huye de las emociones creo que hemos silenciado tanto este tipo de pérdidas que no sabemos reaccionar ante ellas. Cuando ocurre a alguien de nuestro entorno o a nosotras mismas, se tiende a quitar importancia y muchas personas pueden llegar a hacer comentarios que no por bienintencionados son menos hirientes “no te preocupes, estas cosas pasan mucho pero ya verás cómo te quedas de nuevo embarazada y como si nada”, “Menos mal que ha sido tan pronto que no te habías enterado” “Y por qué estás así si estás bien ¿no? Podrás intentarlo de nuevo” “En dos días ni te acuerdas” “Que bien, se ha quedado en nada” Quizás por vergüenza, quizás por dolor o quizás por no preocupar, muchas mujeres callan. Retoman su vida rápidamente como si nada hubiera pasado y se niegan el permiso de llorar la pérdida.

Cada una hace lo que puede

Hablando con otras mamás que han pasado por ello, las reacciones son de lo más variopinto dependiendo de cómo cada una entiende la vida, las emociones y lo que se permite sentir o mostrar. Y todo es válido, todo se ha de respetar, porque cada una busca la mejor forma de lidiar con ello en base a sus circunstancias.

Yo me quedo con una frase que me dijo otra mamá que había pasado por ello en más de una ocasión “recupérate físicamente lo otro, no se borra” y me quedo con ella porque no quiero borrarlo, porque el pequeño que no llegó a venir a este mundo ya es parte de mi familia y lo será para siempre. Tendrá su hueco aunque deje marchar el dolor. Mi terapia es esta, contarlo y darle su sitio, tengo derecho a estar triste, tengo derecho a llorarlo, tengo derecho a amarlo porque lo quise y lo sentí desde el primer instante y quién no lo entienda… pues tampoco necesito que lo entienda, tan solo que lo respete.

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